Las paredes se encontraban cubiertas de musgo por la humedad. El agua escurría entre las maderas del techo hasta terminar en el piso donde se formaban grandes posas. Para ellos esto era normal, todos los años pasaba lo mismo y aun así seguían juntos y felices.
Justo esa noche tuvo uno de esos sueños en los que recuerdas todos los buenos momentos que te encantaría volver a vivir, esos sueños en los que te quedarías para siempre, y ese sería su destino. Esa sería su última noche lluviosa bajo esos fríos cartones, junto a su querido amigo fiel.
Afuera llovía, adentro todo estaba seco, tranquilo, callado. Un gato entraba en cada habitación buscando la más agradable donde recostarse. Aunque la casa parecía vacía había alguien en ella, su dueño, un hombre de aproximadamente 35 años, leía el diario sentado, vivía solo en una casa para 6 personas, todo había sido obra del destino. Nunca intentó reconstruir lo deshecho.