Con la boca anestesiada, el pelo sucio y un café en la mano se aproximó a la puerta. No tocó el timbre, prefirió solo golpear. No deseaba que la empleada le negara la entrada a través del citófono, sabía que si golpeaba la puerta ella le abriría y volverían a encontrarse cara a cara.
Dio dos golpes separados por la duda, dos golpes separados por la inseguridad.
Sintió unos pasos que parecían acercarse a la puerta. Esbozó una leve sonrisa de satisfacción, que pronto desapareció en la profundidad de sus ojos tristes. Unos hermosos ojos azules, que hace ya unos años habían perdido el brillo de la juventud. Buscó las palabras adecuadas para expresar todo lo que sentía, discurso que por cierto venía preparando desde hace un tiempo. Era lo único en que pensaba durante todas noches, ya que el insomnio que alguna vez había sido pasajero y sin importancia, hace un año se había convertido en su amante de cada noche.
Los pasos se detuvieron a pocos centímetros de la puerta. Dio un tercer golpe sin titubear. Nunca pensó que algún día tendría la valentía de volver a encontrarla, ni siquiera recordaba como había llegado hasta ahí.
La puerta comenzó a abrirse lentamente. Cerró los ojos unos segundos y al momento de abrirlos se encontró consigo mismo parado en frente en el umbral de la puerta. No comprendió lo que sucedía, una sensación de ahogo lo envolvió y creyó haber caído inconciente al piso. Al volver en sí, notó que no se encontraba en una camilla de hospital, ni a las afueras de la puerta o en el interior de la casa. Estaba sentado en el parque. Recién en ese minuto comprendió todo…. Su insomnio había terminado.